Liberada ya, alegre,
cogiendo mariposas de espuma,
sombras verdes de olivos,
toda llena del gozo

de saberme en los brazos aquellos

que a quienes me entregó -sin celos,
para siempre, de su ausencia-,
del sueño mío, que no dormía.
Imposible llamarla.
Su gran obra de amor era dejarme sola.

Pedro Salinas